
El contenido político del cine no se encuentra exclusivamente en las películas “sociales” o ensayísticas. Desde siempre, las grandes producciones han colado reflexiones y doctrinas bajo el aparente todo-vale del cine de evasión; el mensaje se pasa de contrabando, oculto bajo el convencimiento de la amplia mayoría de espectadores de que no es “una película para pensar”.
La ciencia-ficción siempre ha sido un terreno muy propicio: los fenómenos imposibles y los universos completamente inventados convencen a los espectadores más reacios al realismo (cuantas veces habremos oído el comentario de “¡para ver la realidad ya tengo el telediario!”) y permiten colar sus mensajes con mayor o menor sutileza, dependiendo del gusto: desde el directísimo alegato contra el armamento nuclear de “Ultimátum a la tierra” hasta las más tenues referencias a la invasión de Irak de “La guerra de los mundos” de Spielberg.
La película que hoy comento se llama “Cloverfield”, pésimamente rebautizada en español como “Monstruoso”, estrenada a principios de este año. Nos muestra una cinta de videoaficionado descubierta después de que un bicho gigante asole Manhattan; un grupo de amigos recorre la ciudad para salvar a una chica mientras todo se hace pedazos a su alrededor.
Más que una doctrina camuflada, esta película utiliza una constante redigestión de imágenes que todos tenemos bien clavadas en el imaginario colectivo desde el 11 de Septiembre. Las calles llenas de polvo, las tiendas como único elemento de cobijo…
¿Exorcismo colectivo o prostitución de las imágenes de una tragedia? Quizá ninguna de las dos, puede que todo Occidente haya perdido la sensibilidad de tanto ver las mismas imágenes de gente sangrando bajo calles llenas de polvo. La mayoría de los que vieron esta película no pensaron ni una sola vez en el 9/11.
Pero está ahí, igual que el hecho de que no conozcamos nada, ni su origen ni sus motivaciones, del monstruo que ataca el corazón de Nueva York: un reflejo del presente inmediato que vivieron los norteamericanos en las horas posteriores al atentado. Pocos sabían quién ni por qué; los ensayos, los artículos, los programas sobre el intervencionismo de EEUU en Oriente Medio llegarían mucho, mucho después. Y “Cloverfield” sólo muestra unas pocas horas después del ataque.
Pero de todo el subtexto de esta frenética película yo subrayaría dos escenas muy interesantes, dos rotundas reflexiones sobre los medios de comunicación y el consumo de imágenes de la sociedad actual:
Los saqueadores de una tienda detienen su trasiego para ver en la televisión cómo se desarrolla la hecatombe que ocurre justo detrás de ellos. Una de las imágenes del informativo, tomada desde un helicóptero, es la de la cola del lagarto gigante rompiendo un puente: escena que aparecía antes en la película, pero en la que no se veía absolutamente nada porque, al estar la cámara demasiado cerca, sólo se veían las explosiones de cemento y los cuerpos volando hacia el mar.
Los neoyorquinos, tras ver como la cabeza de la Estatua de la Libertad aterriza en plena calle, sólo hacen una cosa: sacan los móviles y se ponen a hacerle mil fotos.




Cinco semanas antes, su partido no hacía honor a su nombre y recibía la espalda del pueblo. El partido que ganaba también llevaba muchos años sin cumplir con el suyo, pero eso no parecía importarle a nadie.