Pasado y futuro: el viernes 7 de noviembre se estrenó la película “Bella” en unas cuantas salas. Según sus publicistas, “transmite un mensaje inequívocamente provida y en contra del aborto” y es “un canto a la vida y a la alegría que ha cambiado la vida de cientos de personas en EEUU“.
La campaña de los lobbys más conservadores se puso en marcha como es habitual en España; a través de cadenas de emails masivos, animaban a sus acólitos a alquilar salas de cine enteras durante el primer fin de semana, para que la película pudiera ser rentable y permanecer más tiempo en taquilla. “Así puedes garantizar que un grupo importante de tus amigos y familiares tengan la oportunidad de ver BELLA en tu ciudad y en la semana de su estreno nacional“.
Todo un tratamiento de choque que, en realidad, utiliza la misma estrategia que los blockbusters de las grandes productoras: que el producto dé pasta rápido, y a casa; desde luego, los responsables del spam conocen bien el mercado de la exhibición cinematográfica. Lo que está claro es que en la devoción hay buen negocio. Aquí nuestros hermanos de Libertad Digital glosan la conversión paulina del protagonista mocetón, y por acá un video en el que el susodicho compara el aborto con el holocausto nazi, sugiriendo que detrás de la permisividad demócrata de Obama se encuentra un intento subrepticio de limpieza étnica. Recomiendo su visionado, pese a sus momentos de música empalagosa con fetos bailando.
***
Por otro lado, mañana llega a nuestro país con bastante retraso (aunque más correcto sería decir que llega a Madrid y Barcelona), “La cuestión humana”, un filme de tesis política con estructura de cine negro, música hipnótico-desquiciante y una capacidad innata para desasosegar al espectador. La historia de un responsable de recursos humanos que recibe una extraña petición de su jefe: en vez de realizar los informes psicólogicos de los aspirantes a entrar en la empresa, tendrá que hacerlo del otro socio fundador. Lo que parece una simple lucha de poder en la cumbre, esconde en realidad secretos muchísimo más oscuros.
La película es un panfleto anticapitalista salvajemente radical, que no sólo intenta revolucionar con su contenido argumental, sino que también despliega un lenguaje audiovisual extraño, incómodo para el espectador medio o conservador. Es una obra de furia ciega y desmedida, de extremismo incorrecto.
En fin, uno de los dos estrenos ha de helarte el corazón.
Me viene de perlas escribir este artículo sobre las perlas para progres y unas tetas de silicona. Porque quería hablar de un tipo de humor de choque, de los soliloquios escatológicos como elemento de revolución social.
En España no hemos importado muy bien la tradición del “stand-up comedy” (o la comedia-del-que-está-de-pie, un humor basado en la economía de medios: un hombre y sus palabras y sus gestos, contra el público). Nuestros espectadores lo asocian solamente al monólogo inofensivo sobre las canciones infantiles o ligar en discotecas, cuando en sus mejores encarnaciones este tipo de comedia siempre ha tenido un objetivo básico: asaltar lo establecido, sacar a la luz las hipocresías. En los Estados Unidos, quizá la meca de este subgénero, los monologuistas han destapado la idiotez del puritanismo de la única forma que se puede: diciendo sobre un escenario la mayor serie de burradas posibles.
Por ejemplo. El cómico Lenny Bruce fue detenido en San Francisco el mes de octubre de 1961 por decir “chupapollas”. En realidad ya llevaba un tiempo bajo sospecha por utilizar repetidamente en sus actuaciones chistes sobre sexo, críticas al gobierno… Uno de sus herederos, George Carlin, tendría problemas con la ley por su monólogo “Siete palabras que no puedes decir en la tele” en las que corregía y ampliaba el testigo de su maestro, escupiendo al público una y otra vez esas palabras prohibidas de la televisión norteamericana (shit, piss, fuck, cunt, cocksucker, motherfucker and tits). El actor afroamericano Richard Pryor proseguiría con este humor salvaje y provocativo uniéndole su protesta como minoría en EEUU, y una larga lista de cómicos radicalmente escatológicos seguirían sus pasos hasta ahora.
Habrá quien desprecie este tipo de arte. Es comprensible. Cómicos que suben, hablan de correrse, utilizan vocabulario racista, se cagan en los políticos y bajan del escenario ¿Cómo aplaudir esa muestra de mal gusto y poca imaginación?
Pero cumplen su labor: nos despiertan. Juegan a reventar a una sociedad dormida que usa un lenguaje cada vez más muerto; en EEUU decir palabrotas en público es hacer política, y de primera clase.
¿Dónde los tenemos nosotros, tan independientes, tan intelectuales? ¿Qué cómico intenta provocarnos, en vez de agradarnos? Luis Rubianes, estás descalificado: también dices muchas burradas, pero lo haces junto a un público que sabes que comparte tus furibundos objetivos.
Piensen en cuántos cómicos podrían subir a un escenario y hablar con deseperanza del estado de su nación ante un público que espera unas risas.
Publicado por Miguel García en Septiembre 23, 2008
No hubiera sido muy difícil beneficiarse de las descargas digitales. Reconocer lo que le aporta al usuario y no verla como un enemigo, sino como la puerta abierta a nuevos conocimientos que terminarán por convertirse en consumo.
Ejemplo práctico para no marear la perdiz: la excelente (aunque poco ecónomica) colección cinematográfica de “Intermedio” cuyo catálogo de dvds se compone casi por completo de películas no exhibidas en España. Y que por lo tanto, parten con la desventaja de que no han tenido anuncios en la televisión, ni en las marquesinas ni en los periódicos. Y de que no ha habido medio “normal” de verla.
Todos esos consumidores que han mantenido a la empresa lejos de la bancarrota hasta ahora, ¿compran esos dvds a ciegas, ya que no hay otra opción? ¿Hay tanto cinéfago empedernido como para gastarse un pastón en películas que no sabe si le gustarán?
No, no somos tan tontos. Intermedio sobrevive gracias a los que bajamos películas sin pagar un duro. Gracias a esas descargas, había decenas de espectadores ansiosos porque salieran a la venta las películas de Philippe Garrel, un pintor del cine inédito en las salas españolas y desconocido en los manuales más ortodoxos de Historia del cine. Pero este tipo de consumidores, pese a que ha demostrado ser capaz de levantar a una distribuidora así, no es muy común hoy en día. No lo es porque no han querido.
Si en vez de cerrarse en banda y mirarse solo a los bolsillos, la industria aceptara las posibilidades de la red p2p como biblioteca cultural, podrían subir sus ingresos. Todo su público potencial podría tener acceso a más productos; un mayor abanico de posibilidades para el consumidor en vez de las cinco o seis cartas que la productora restriega por todos los medios de comunicación. Pero ya llevan muchos años vendiendo arte y cultura como productos de consumo rápido. Después de vender al cantante de moda como si fuera un lavavajillas, ahora se extrañan de que la gente critique a los que compran discos originales cuando “eso lo puedes bajar”. Que no pidan a estas alturas un respeto que ellos nunca dieron.
Y de todas maneras, si todos fuéramos como esos bichos raros que descargan ocho o nueve discos a la semana y luego compran los que les gustan (cuando bajan de precio claro, máximo 7 euros o no llega el sueldo mileurista), los peces gordos de la industria no estarían contentos. Podrían subir sus ingresos, como he aventurado antes un poco a la ligera. Pero estoy seguro de que preferirían la estabilidad económica que les supone el actual estímulo-respuesta a unos ingresos guadiana que, aunque más caudalosos, también podrían dejarles seco el chiringuito. Ahora la cosa está más tranquila: saben que cuando saque disco su grupo Croqueta o su cantante Empanadilla, la gente lo comprará. Y que cuanto más culto es el pueblo, más difícil de manejar.
Publicado por Miguel García en Septiembre 11, 2008
Disney fue sinónimo durante muchos años de infancia. Sus películas de animación con mujeres que cuidaban de casa, príncipes salvadores y canciones ñoñísimas ocuparon el monopolio de los dibujos animados en el cine. Cuando en los cincuenta los norteamericanos se empezaron a preocupar por las influencias del audiovisual en los jóvenes, el viejo Walt ya llevaba muchos años enseñando a los niños valores viejos. Una ayuda para mantener la idiosincrasia de las barras y estrellas que ha sido siempre infravalorada.
Pero la explosión de un cine más dinámico y moderno en 3D acabó con el hasta entonces indiscutible primer puesto de Disney en el mercado. La crisis fue creciendo lentamente y en estos momentos su mercado cinematográfico parece condenado a depender exclusivamente de los aciertos de la subsidiaria Pixar de John Lasseter.
Como en las grandes maquinarias siempre hay Plan B, los ingresos ahora vienen por otro lado. Disney Channel suma un éxito tras otro: vivimos en la época del ocio en casa. El canal temático ha parido bombazos como la saga “High School Musical”, y tiene en los EEUU un éxito arrollador.
Y desde su nueva atalaya, más de lo mismo, claro. La mayoría de los actores (prepúberes y adolescentes) que estrellean las series de esta cadena están poniendo de moda un invento muy curioso. El anillo de pureza, que luce encantada la chica de la imagen, certifica y jura que el portador o portadora llegará completamente virgen al matrimonio.
Ídolos de masas pequeñas como los Jonas Brothers lucen y defienden su moralidad allá donde van, aprovechando la popularidad de sus horas en la cadena del ratón. Incluso hace un par de días, en la vigésimoquinta gala de los premios MTV, la generación de los castos hizo piña ante las chanzas del presentador Rusell Brand: la ganadora del OT usamericano aprovechó su intervención para defender a los Jonas, mostrando de paso un enorme respeto a los que no comparten sus ideas. Desde el escenario, sentenció que ellos son el ejemplo de que “no todos los adolescentes quieren ser unos golfos”.
Por supuesto, ya se ha creado una web oficial, www.purityrings.com donde todo se equilibra. Desde esa web podemos comprar nuestro anillo de pureza, con el diseño y eslogan que más nos guste; hay muchos modelos diferentes, pero tranquilos, que todos dicen lo mismo. Beneficio ecónomico por un lado, inyecciones de conservadurismo para que todo siga igual; cuando se tiene dinero, siempre hay formas de que el progreso no nos ensucie demasiado el traje.
Los republicanos deberían darle un escaño honorífico al cubito de Walt Disney. Lleva muchos años educando a sus votantes.
¿Cuántas películas de terror hay ya sobre turistas que acaban torturados? El cine de terror americano parece que ha encontrado un filón, empieza a surgir un subgénero. La exitosa Hostel revitalizó el género (un poco antes estaba la australiana “Wolf Creek”, seca y brutal, y mucho antes “La matanza de Texas” con los forasteros perdidos en esa casa tan peculiar).
Una familia se iba de viaje y se perdía en un pueblo de mutantes en “Las colinas tienen ojos”. Hasta hubo una que en un alarde de originalidad se tituló “Turistas”. Parece que los asesinos sanguinarios sólo quieren sangre de fuera.
La sociedad se repliega tras verle los dientes al terrorismo (horrorismo quizá, como le gusta decir al imprescindible Martin Amis). Y como consecuencia natural de un encierro, no sólo se resiste a dejar entrar, sino también recomienda no salir, avisando de los peligros que se esconden “ahí fuera”.
Habrá quien piense que son ganas de darle demasiadas vueltas a simples entretenimientos descerebrados, pero ya lo sabía bien McCarthy hace cincuenta años: se accede al pueblo llano a través de la cultura popular, no de los ensayos ni de los tratados ni de la filosofía.
El cine siempre ha reflejado los puntos débiles de una sociedad: el género fantástico, tan lejano a primera vista a la radiografía social, es el que mejor nos muestra (aunque de forma codificada) los miedos de otras épocas. A las pelis de terror les pasa lo mismo.
Este verano mejor quedarse en casa, así no os cortarán la cabeza.
Hace 31 años un grupo de londinenses publicó uno de los discos más influyentes de la música en el siglo XX. Era “Never mind the bollocks” y le abrió los ojos a toda una generación: demostraban tranquilamente que no sabían tocar, cantaban fatal a propósito, pero no importaba. No pensaban respetar nada, ni los cánones establecidos, ni la moda. Era pésimo bajo criterios objetivos. ¿Y qué? Era un disco político en la forma y en el fondo.
No me acuerdo de los Sex Pistols por el lamentable incidente que ha protagonizado su cantante en el festival de Summercase, sino porque se cumple un año del infame secuestro de la revista “El Jueves”. Y claro, me ha hecho pensar en ese famoso “God save the Queen” donde gritan “que dios salve a la reina, que no es ni un ser humano” y acusan a su régimen de fascista.
Casi treinta años separan la publicación de ese disco seminal y la publicación de ese ejemplar con el príncipe y la princesa haciendo el perrito. De un vistazo se ve que la Casa Real tiene más poder en el estado británico que su homóloga en el español.
Me gusta pensar que, pese a las oposiciones, lentamente se superan tabús, se desechan las concepciones más monolíticas de la vida. Que existe el progreso. Pero a veces no lo veo tan claro.
Creo en la necesidad de la imaginación. El problema es que este concepto sólo se relaciona con elfos, tierras medias y princesas galácticas, cosas que a mí no me interesan nada.
La imaginación es el primer paso hacia la empatía, ¿cómo ponerse en la piel del otro si no? Nuestro sistema no favorece eso, sino el aprendizaje irracional de conceptos sin cuestionar la autoridad que los presenta. Así se forma la necesaria mano de obra con el sí fácil.
No vemos más que lo que nos ponen delante, sin pensar (como lo haría un jugador de ajedrez, un conductor profesional) en los inevitables resultados que conllevará hasta el movimiento más nimio. Sólo así me explico que, de repente, Italia se conmocione por la carta de una niña inmigrante que narra en primera persona las vejaciones y obstáculos que se encontró con su familia al entrar en Europa. De repente, los que aplaudían a Berlusconi se han quedado tristones al ver las consecuencias de su política. Deberían haberlo pensado antes, imaginado antes.
Es triste darse cuenta pero, al final, la pornografía sentimental que tanto odio resultará necesaria en un futuro próximo. Cada día que pasa somos más insensibles, necesitamos más certezas de muerte, más olor a sangre, más lágrimas a nuestro lado. Quizá habría que imaginarlas antes de que sucedan, antes del jaque, antes del choque que nos despierta cuando ya es demasiado tarde.
Y es que cuando a los españoles nos toca festejar, todo vale. Ayer algunos de los jugadores de la selección española llevaban las banderas de sus comunidades autónomas y Villa, en su discurso ante la afición, concluyó con un “Arriba España”. Lo que en circunstancias normales habría provocado una miniguerra civil en mitad de la plaza de Cólon, suscitó aplausos en todo el público (en el que supongo, o espero, que habría gente de todas las ideologías).
¿Sirven estos momentos para la unidad del país, como le preguntaron al Presidente en una rueda de prensa seria? No nos hagamos tantas ilusiones. Apenas que se pase la hipnosis colectiva, nuestra atávica amnesia hará acto de presencia y todo desaparecerá: los que lleven una bandera serán fascistas y gritos como el de nuestro pichichi provocarán un silencio precedente a la tormenta.
Aunque para barbaridades magníficas, la de Cesc Fàbregas que nos animó a todos los españoles a emborracharnos para celebrar el título. Este excepcional manifiesto a favor de la autodestrucción perdía puntos por venir de un chaval que cuida su forma física todo el año; aun así, tiene mucho tiempo por delante para evitar estas contradicciones y salir a jugar borracho con el Arsenal, en la tradición de grandes como Romario. Sólo entonces su incorreción política será coherente, y colgaré su poster en el minibar junto al de Paquirrín.
Siguen goteando estos días las reacciones a lo que se ha considerado como el enésimo patadón de un país (esta vez Irlanda) a la Unión Europea.
Se critica un referéndum democrático que debería contar con el respeto de todos los políticos; a fin de cuentas ganan un sueldo gracias a ese sistema tan arcaico de un hombre, un voto. A muchos no se les mete en la cabeza que esa cosa tan griega nunca reaccionará bien a las imposiciones. En el extremo más bestia, no hay más que fijarse en el fracaso del “votad u os mato” de cierto presidente simiesco. En este tema, menos cruento, la cosa está muy clara: el modelo europeo no contará con el apoyo mayoritario hasta que que los señores de arriba se den cuenta de que tienen la marcha cambiada. Si son ellos los que ponen las piezas, las reglas y los tiempos, la Unión Europea nunca existirá.
Se olvidan los cimientos, que son esas partes tan feas y sucias que lo mantienen todo. Y son las que luego votan. Hay que empezar por ahí, y dejaré que cada uno elija el material o la palabra: educar, concienciar, presentar, exponer o mostrar. Lo que quieran, para eso se han ganado su puesto en las urnas.
Pero que no se olviden de que mientras un italiano siga viendo a un húngaro como alguien de fuera, mientras la gente dude de si un francés puede presentarse a las oposiciones para el puesto typical spanish de burócrata calientaoficina, o mientras en los anuncios de alquiler se siga leyendo “pero nada de extranjeras” como postdata, ninguna unión será posible. Ni esta ni ninguna, y los irlandeses, o los alemanes, o los suecos, estarán en todo su derecho de rechazarla.
Y claro que queda un largo camino. También merece la pena recorrerlo. Nada peor que corredores de sprint en una maratón como la que se plantean.
California, el Estado de Terminator, ya admite bodas homosexuales. Solemos criticar a los usamericanos desde muchísimos ámbitos, pero cuando hacen las cosas bien habrá que aplaudirlas. De todas maneras, no negaré que me extraña la noticia; sobre todo cuando diez minutos antes había leído que en los Estados Unidos sólo el 3% de los libros que se publican son traducciones de otros idiomas.
Y es que siempre me han preocupado las autarquías. ¿Cómo es posible el progreso en este tipo de poblaciones tan cerradas? Incluso las críticas, las sugerencias de nuevos caminos (y aquí habría de todo, desde el sensacionalismo de Michael Moore hasta la ironía de Don deLillo) están siempre imbuidas por la propia cultura, hipnotizadas por las vastas extensiones de idiosincrasia barraestrellil.
Que una sociedad conservadora haya aprobado esto por delante de otros países en teoría más liberales, dará que pensar a los que sólo tienen críticas ciegas contra toda una nación. Pero antiamericanos furibundos aparte, espero que los cambios que se intuyen en EEUU impliquen una apertura ante otras perspectivas y visiones de ver el mundo. Quizá descubran nuevos caminos.
La huelga destinada a protestar por el encarecimiento de los carburantes va a conseguir que se venda más gasolina que nunca. Si dentro de un par de días pidieran tres euros por litro, conozco a más de uno que la pagaría. En algunos supermercados apenas hay productos, pero creo que a los dueños les da un poco igual: el fin de semana anterior a la huelga hicieron su agosto y su septiembre, si ahora no se vende no será tan grave. Son las cosas de la oferta y la demanda. Un sistema en el que por mucha presión que exista sólo la notan los eslabones débiles.
Por otro lado, el precio de los cereales y de todos los productos relacionados vuelve a bajar. Al menos eso afirma el catálogo del Aldi, mi fuente de primera mano. Sería una buena noticia para el país, si pudiera llevarse a la práctica y verse en las estanterías; supongo que Zapatero tendrá que guardarse ese as en la manga hasta que pase la tormenta.
Menos mal que España ha ganado su primer partido de la Eurocopa, y aunque el PSOE no es completamente responsable de esto, sí tendremos que admitir que le beneficia directamente. En un ambiente tan apocalíptico como nos están intentando colar (la verdad es que las estanterías vacías en un supermercado son un miedo fundacional para nuestra cultura), hoy los españoles se han olvidado durante dos horas de huelgas varias y piquetes y se han emborrachado hasta las cejas para celebrar los cuatro goles de la selección. O por lo menos eso he visto en mi ciudad, que tiene la ventaja de no necesitar transportistas para hincharse de cerveza: tenemos la fábrica de Cervezas Alhambra cerquita del centro.
Por lo tanto, mi consejo para Zapatero es muy distinto a ese que le dio Jose Manuel Lara a micrófono abierto y que él está cumpliendo tan al pie de la letra. Yo le diría que destinara los fondos de emergencia a amañar la copa para que la ganara España. Ni el precio de la leche ni el de la gasolina importan realmente a los españoles. Fútbol y cerveza, así se tiene a un pueblo contento.
Las últimas locuras de Berlusconi con el tema de la extranjería fueron muy criticadas desde casi todos los ámbitos. Ha habido mucha suerte y al fin ha rectificado, aceptando que la “inmigración clandestina” no sea delito, pero sí agravante en caso de delito. La oposición italiana lo aplaudió.
Porque claro, el hecho de que alguien esté en otro país, sin conocer la lengua en muchas ocasiones, desorientado y sin ningún conocido que le pueda proporcionar ayuda, debe considerarse un fuerte agravante si comete un delito, faltaría más. Aparte, de que te fastidia mucho más si te da un navajazo un rumano que si te lo da un hermano polaco, ni punto de comparación.
Por otra parte, nuestro ministro de Interior ha afirmado que hace falta cumplir bien las leyes de extranjería, o “no habrá quien pare la inmigración” . Pues yo creo que ya es demasiado tarde, y cada día lo será más. Nos guste más o menos, nos parezca enriquecedor o infame para nuestra identidad cultural, nos de asco o morbo la visión de una cajera negra en el Carrefour, no hay freno posible para la inmigración en los países desarrollados.
Como lleva atestiguando EEUU en sus patinazos bélicos desde hace cincuenta años, las personas que no tienen nada que perder suelen conseguir lo que quieren. Mientras yo escribo esto y mientras lo leéis, la TVE Internacional retransmite los anuncios de Polaris World. Miles de personas repartidas por todo el mundo lo ven mientras se mueren de hambre. ¿Qué esperáis que hagan?
Endurecer las leyes y vigilar que se llevan a cabo es tan fútil y triste como ver a dos policías intentando despejar un macrobotellón ilegal. Las separaciones de otras épocas ya no sirven en la nuestra; queremos comunicar los vasos pero que los líquidos no alcancen el mismo nivel en todos. Es imposible, y la fuerza del agua no se anda con tonterías.
Hay algo mucho peor que dejar a un grupo sin voz: darle una que no es la suya.
Mientras no la tienen, mientras son ignorados y todo el mundo finge que no existen, tienen una posibilidad. Remota e incierta, pero una posibilidad de que se oiga su voz. Porque cuando hablan, se acabó. No van a tener más oportunidades, nuestro tiempo es muy valioso y no vamos a gastar ni un segundo más en escucharlos.
Por eso son tan peligrosos los “temas sociales” en la ficción. Casi siempre vienen de creadores que se consideran progresistas, que desde luego siempre votarán a algún partido que se defina como izquierdoso. Escriben sobre inmigrantes, prostitutas, drogadictos o gitanos en sus obras de teatro, películas y series de televisión. Siempre a favor de la igualdad y del respeto, y etcétera. Pero con cartas trucadas: poniendo en la boca de sus personajes el lenguaje y la tesis que ellos defienden. Escribiendo duros alegatos en los que el senegalés protesta contra la Ley de Extranjería y la prostituta cita el concepto de libertad de Rousseau.
La ventaja de mantener a la gente hambrienta es que anula las fuerzas para luchar. No hay manera de reflexionar sobre la protesta o de cimentar la revolución. El grito de las minorías es el silencio, la imposibilidad de poner en palabras la desigualdad. A todos ellos se les quita hasta el derecho a aprender cómo expresar las injusticias que sufren.
Hay que tener cuidado con esas protestas de cartón-piedra. Ni siquiera se podría decir que el fin justifica los medios, pues su discurso al estar tan amañado es muy fácil de rebatir por los otros bandos. Sólo se consigue mantener el estado de las cosas, y las intenciones progresistas se quedan en bálsamo conservador para lavar conciencias y olvidar.
Afortunadamente, queda quien mantiene sus ideas con coherencia y cuentan el aquí y ahora de la sociedad actual. Como “Rosetta”, película belga de los hermanos Dardenne que pese a ser de la década pasada habla de un tema que nunca pasa de actualidad. Y lo trata de la única forma coherente: siguiendo los tristes pasos de una mujer sin recursos en su desesperada búsqueda de un trabajo para sobrevivir. Una protagonista que apenas habla, que apenas sabe relacionarse con el mundo porque sólo le han enseñado a trabajar, comer y dormir. En su silencio está su queja, y nosotros tenemos que traducirla.
La semana pasada, en uno de esos encuentros cibernéticos que suelen preparar los grandes diarios, una mujer le pedía razones a Juan José Millas para comprar su nuevo libro. “Véndamelo con su ironía”, le demandaba la lectora, declarada admiradora de sus columnas en “El País”.
Es una pregunta tipo, sacada de la plantilla del periodista que tiene que cumplir encargo aunque no sepa quién es el intelectualajo que tiene delante. Se supone que estas charlas con los lectores deberían huir de esas vacuidades, pero la influencia de los medios es tan grande que hasta vampirizamos sus agujeros negros.
En todo caso, lo importante no es la pregunta, que puede leerse en cualquier entrevista mediocre que encuentren surfeando por las webs. Lo que me hizo aplaudir es la respuesta de uno de los periodistas más coherentes e insobornables: “Creo que usted no debería leer mi libro“.
Y claro, todo encaja. Me paro a pensar en los artículos de principios de los noventa en los que criticaba duramente a Corcuera y González aunque tuviera que desmarcarse de la línea de su periódico. Pienso en que bajo su firma se pueden leer los únicos reportajes que hoy hacen honor a su nombre: literarios, arriesgados, con una perspectiva única.
Sólo alguien así podría nadar tan a contracorriente. Es sólo un gesto, pero un gesto en un mundo en el que cada segundo de nuestra vida tenemos que vendernos, mejorar nuestra imagen, convencer, seducir, gustar. En el que en detrás de cada periódico y de cada imagen hay alguien intentando decirnos que la razón está de su lado. En un universo en el que el individuo es arrastrado por persuasiones contrarias, como campos magnéticos que nos arrastraran de un lado a otro sin descanso.
Ahí es donde se marca la diferencia. Luis Buñuel, el director de cine más importante que ha dado este país, decía que como última voluntad le gustaría que se quemaran todas las copias de sus películas y que fueran olvidadas para siempre.
Millás no llega a tanto, ni en importancia ni en anarquismo, pero va por buen camino.
Casi todos hemos pasado por la difícil situación de estar en el paro, y por lo que dicen las cifras cada vez más gente lo sufre.
Lo habrán visto en la televisión: un hombre secuestraba durante siete horas a los dueños del bar en el que solía desayunar todas las mañanas. Sangrando y con un trozo de cristal en la mano, no pedía a cambio de sus rehenes un helicóptero y un autobús lleno de gasolina, sino un techo y un empleo. Creo que el principal problema no es económico; a fin de cuentas los vecinos afirmaban que no le faltaba su mollete cada mañana.
Recordé inmediatamente el caso de Jean-Claude Romand, el hombre que hace quince años mató a sus hijos, a sus padres y a su mujer para que no descubrieran que llevaba 18 años fingiendo tener trabajo. Pensé en la profunda decepción que supone ser rechazado, en la autoestima de un hombre que busca trabajar y sólo recibe negación y silencio.
El ministro Solbes dice además que el trabajo que hay tiene cada vez menos calidad. Lo que parece evidente es que cada vez es menos rentable conseguirlo: meses de prácticas cobrando una miseria (pero tienes que dar las gracias, porque sin ellos no tendrías la imprescindible experiencia mínima de un año), contratos de seis meses, miles de cursillos y másteres que prometen bolsa de empleo especialmente “seleccionada”, con muchas oportunidades de contrato a cambio eso sí de seis mil euros tirando por lo bajo.
Por último he dejado el tema de las ETT’s, que también tienen mucha gracia. Pero como lo más probable es que dentro de poco yo también caiga en sus garras, me reservaré hasta que pueda contar algunas exclusivas desde dentro.